"The missed picture". Y tú, ¿por qué haces fotos? | Nacho Rivera
Blog de Nacho Rivera. ¿Te gusta la fotografía? Hablaremos de fotógrafos y fotografías, pero también de viajes, música, arte, cine... Y descubriremos cómo la suma de experiencias nos afecta a nuestra mirada. Afincado en Londres, informaré sobre lo que acontezca en la ciudad relacionado con la fotografía. Desarrollo proyectos personales de fotografía documental con cámaras analógicas. Viajo, hago retratos e imparto cursos. ¡Bienvenido!
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“The missed picture”. Y tú, ¿por qué haces fotos?

the missed picture © nacho rivera

“The missed picture”. Y tú, ¿por qué haces fotos?

“The missed picture”

 

Y tú, ¿por qué haces fotos?

 

Lo sé, es una pregunta difícil, pero creo que todos deberíamos hacérnosla a menudo cuando agarramos nuestras cámaras. En fotografía, como en todo en la vida, es muy importante pararse un poco a pensar si lo que hacemos y cómo lo hacemos tiene algún sentido.

Hace unos días regresé de mi último viaje. Hacía mucho tiempo que sentía la llamada de África, y por fin pude pisar la “Mama Tierra”. Disfruté de tres semanas intensas en Mozambique, en las que disparé casi todos los carretes que llenaban mi mochila. Disfruté muchísimo.

Ya en casa, los carretes expuestos esperan a ser revelados. Creo que en nuestro mundo de inmediatez digital, estamos perdiendo el placer de la reflexión y la espera, y para mí, cuando fotografío, es esencial.

Pero más allá del resultado final, algunas de esas fotografías ya están tatuadas en mi retina. La concentración con la que estás obligado al trabajar mediante el proceso analógico es máxima, y el momento de la toma, en mi caso, se convierte casi en una práctica de meditación. Aquí y ahora.

Es precisamente en ese momento cuando más disfruto, el propio acto fotográfico. Este placer es la razón principal por la que fotografío, creo que incluso más allá de la obtención de la imagen final.

Para ilustrar esta sensación os voy a contar la historia de “The missed picture”.

Paseando por las calles de Isla de Mozambique, una antigua y algo destartalada ciudad colonial portuguesa, me topé con un lugar que llamó mi atención. Se trataba de un callejón simétrico, con un cubículo cuadrado de hormigón donde se alojaban unos baños públicos, coronados por unas nubes que se posaban sobre el mar de fondo. La dura luz de la mañana dibujaba líneas muy contrastadas que aportaban mucho dinamismo a la escena.

Me paré, saqué mi cámara, medí la luz y, con calma, empecé a componer la imagen. Un par de minutos más tarde, de la nada, apareció un niño jugando con una rueda, girándola delante de sus pequeños pies descalzos, con apariencia alegre.

Mi dedo estaba listo. Usando una cámara de formato medio sólo tenía una oportunidad. Esperé un poco más y el niño se cruzó delante de mí, pasando exactamente por el lugar donde la luz destacaba su silueta. Ví la escena desde arriba, a través del visor de cintura en el encuadre cuadrado. Era perfecto. Los planetas se habían alineado… y mi corazón se aceleró.

En ese preciso instante apreté el disparador. Una media sonrisa empezaba a aparecer en mi cara pero, por alguna extraña razón, el obturador no se abrió.

Me quedé congelado. Parece que uno de los planetas no estaba en su sitio. Había olvidado quitar la placa metálica que protege la película en la parte trasera de mi cámara…

Cuando quise mirar de nuevo, obviamente, la escena había cambiado. Ni rastro del chaval. El famoso momento decisivo se desvaneció, y aunque después de otros quince minutos con la cámara en mano, concentrado, sin moverme, no volvió a aparecer nada parecido, la fotografía ya estaba clavada para siempre en mi memoria.

Pasado el momento de incredulidad y el cabreo por el “error” cometido, recordé el pequeño “orgasmo” que sentí cuando apreté el disparador. Definitivamente, fotografiar, para mi, trata de eso, de experimentar ese placer.

Tras 25 horas de vuelo y ya en casa, esa imagen seguía apareciendo de manera recurrente en mi cabeza, y posiblemente, lo hará durante el resto de mi vida. Entendí entonces su importancia y decidí “revelarla”, pero no con químicos, esta vez lo hice sobre un papel no fotográfico, dibujando un boceto torpe y básico.

Es seguro que esa imagen no formará parte de ninguna exposición, ni de ningún libro, no ganará ningún premio, ni siquiera estará colgada en ninguna pared. Pero “The missed picture” es ahora mucho más importante que todo lo anterior: se ha convertido en el recordatorio físico del por qué hago fotos.

Ahora, el resto de imágenes esperan latentes en una nevera.

Y tú, ¿Por qué haces fotos?


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